El termómetro marca 26 grados centígrados y un techo de calamina da sombra a decenas de hombres que se mueven en medio de un sinfín de objetos apilados unos al lado de otros, mientras en medio se observa a gente trabajando en improvisados talleres y una seguidilla de cocinas. En ese estrecho espacio también cabe la sección “Cocina”. En la carceleta de Camargo hay hacinamiento: 105 privados de libertad cumplen condena o esperan juicio con detención preventiva.

La tarde del 24 de septiembre, CORREO DEL SUR encaminó sus pasos rumbo a la carceleta de Camargo. Nos subimos a un ‘torito’ (medio de transporte de tres ruedas) y llegamos a la cima de la colina en el barrio La Florida, donde se encuentra esta infraestructura improvisada como carceleta. En sí, se trata de cinco cuartos de diferente tamaño, un espacio de talleres y cocina de 17 x 7 metros, además de un pequeño patio del ‘Hotel Prefectural’, que en su totalidad se convirtió en ‘elefante blanco’ hace más de tres décadas.
Un muro de ladrillo visto y un portón rojo constituyen la fachada de unos 10 metros, pero se entra por un pasillo donde un pequeño letrero encima de la puerta dice “Carceleta de Camargo”. En su interior, en un corto pasaje, la luz se convierte en oscuridad. De frente está la oficina del Alcaide y a la mano izquierda, la puerta de acceso.
La puerta tiene una plancha de metal que impide todo contacto visual con los reos, pero, al primer toque, atiende alguno de los delegados. Pero antes de abrir deben esperar la autorización del Alcaide.
Son las 16:00 y todos participan en el primer patio de actividades por el Día del Privado de Libertad; algunos, acompañados de familiares y amigos. Es una actividad festiva, de aproximadamente dos horas de duración.
Entre los internos destacan rostros jóvenes, aunque también hay personas maduras y adultos mayores. El 80% son jóvenes comprendidos entre los 18 y los 35 años, según las propias estimaciones de los internos.
La celebración termina y es momento de moverse. Los delegados de pabellones se encargan de guiar la visita. Nos introducimos al área de talleres de artesanía y pintura, donde también funciona la cocina, mejor dicho las cocinas, protegidas por un techo bajo de calamina que, ante las altas temperaturas del valle de Camargo, se convierte en un auténtico sauna.
Aquí hay reos que trabajan en medio de un sinfín de cosas que de alguna manera denota un orden, aunque todas están apiladas o unas al lado de otras. En medio, unos hombres levantan la cabeza y alzan la mano para saludar. No se puede reconocerlos, pues la falta de luz es evidente.
Pero la sorpresa es mayor cuando al lado de una de las paredes se observa una seguidilla de cocinas, todas de dos hornillas, con un sinnúmero de ollas, calderas y recipientes de plástico. Ocurre que en la carceleta de Camargo no hay olla común y los privados de libertad se organizan en pequeños grupos para cocinarse de acuerdo a su afinidad.
Aquí es cuando Juan Carlos Arévalo, delegado general, habla de la importancia del prediario de Bs 8 para sobrevivir, y protesta porque esta responsabilidad de la Gobernación de Chuquisaca no se cumple desde hace cuatro meses.
Luego, ingresamos a las celdas o ‘pabellones’, como los llaman. Se trata de pequeñas habitaciones que van de 25 a 35 metros cuadrados, donde, en promedio, en cada celda, viven entre 20 y 35 personas. El nivel de hacinamiento es alarmante.




